* Lula y los límites del poder conservador
Por Isabel Rodríguez
¿Por qué, pese al intervencionismo extranjero y a la creciente influencia política de la derecha en América Latina, sus proyectos no consiguen asegurar una hegemonía duradera y, en lugar de resolver los problemas estructurales de la región, contribuyen a profundizarlos? La pregunta permite examinar una de las contradicciones centrales de la historia política latinoamericana: la pretensión de las fuerzas conservadoras de consolidar un orden político favorable a sus intereses y la persistente capacidad de las fuerzas de izquierda para disputar, recuperar y transformar el poder.
Remontándonos a la Historia, el regreso de Luiz Inácio Lula da Silva a la presidencia de Brasil, tras derrotar a Jair Bolsonaro en las elecciones de 2022, constituyó una expresión significativa de esa disputa histórica. Lula obtuvo el 50,90 % de los votos válidos, frente al 49,10 % de Bolsonaro. No fue una victoria holgada, sino el resultado de una sociedad profundamente polarizada en la que la derecha, pese a haber ocupado el Ejecutivo y consolidado una importante base electoral, no consiguió garantizar su continuidad en el poder. Precisamente ahí reside la relevancia del resultado: la influencia política no equivale a una hegemonía irreversible (Tribunal Superior Electoral de Brasil, 2022).
La derrota de Bolsonaro debe analizarse a la luz de las contradicciones de su propio gobierno. Su administración estuvo marcada por conflictos con la comunidad científica, cuestionamientos a la gestión de la pandemia de COVID-19 y controversias por sus políticas ambientales. Investigaciones publicadas en revistas científicas documentaron los efectos de su discurso sobre la crisis sanitaria, la desinformación y las deficiencias de la respuesta institucional frente a la pandemia. A ello se sumaron las tensiones en torno a la deforestación y la protección de los ecosistemas brasileños. Estos elementos contribuyeron a configurar un balance gubernamental ampliamente cuestionado (The BMJ, 2021; Nature, 2022).
El problema fundamental del bolsonarismo fue que su capacidad para movilizar a una base electoral considerable no bastó para asegurar la continuidad presidencial. La polarización puede consolidar identidades políticas, pero también profundizar antagonismos, erosionar consensos y dificultar la construcción de una legitimidad que trascienda al propio núcleo de seguidores. Bolsonaro mantuvo un respaldo electoral extraordinariamente competitivo; sin embargo, no logró reunir los votos suficientes para ser reelegido. La paradoja es evidente: la derecha brasileña había conquistado el gobierno, pero no pudo convertir esa conquista en una garantía de permanencia.
En este escenario, la figura de Lula adquiere un peso histórico que no puede reducirse a la debilidad de su adversario. Su regreso expresa la persistencia de una credibilidad política construida a lo largo de décadas, vinculada a su trayectoria sindical, a la fundación del Partido de los Trabajadores y a sus anteriores presidencias, entre 2003 y 2010. Para una parte importante del electorado, Lula continuó representando una alternativa reconocible frente al proyecto de Bolsonaro, especialmente en torno a la inclusión social, la reducción de las desigualdades y la recuperación de políticas públicas. Su victoria no demuestra una adhesión unánime de la sociedad brasileña a la izquierda, pero sí confirma que su liderazgo conservaba la capacidad de articular una mayoría electoral, aunque por un margen estrecho.
La importancia de Lula reside también en su capacidad para encarnar una tradición política que sus adversarios no consiguieron desplazar definitivamente. Su retorno demuestra que la disputa por la representación popular no se resuelve mediante la deslegitimación del adversario ni a través de la ocupación temporal de las instituciones. Requiere construir vínculos sociales, sostener credibilidad y ofrecer respuestas a las demandas de la población. En términos gramscianos, la hegemonía no consiste únicamente en ejercer el poder estatal, sino en construir una dirección política y cultural capaz de obtener legitimidad social. Desde esta perspectiva, la derrota de Bolsonaro muestra los límites de un proyecto que, pese a su fuerza electoral y a su capacidad de movilización, no logró asegurar la continuidad de su liderazgo en el Ejecutivo.
Esta disputa tampoco puede separarse de la historia de las relaciones entre América Latina y Estados Unidos. Las intervenciones políticas, las presiones económicas y las estrategias de influencia de Washington han formado parte de la historia regional y de sus conflictos por la soberanía. En consecuencia, los intentos de las derechas latinoamericanas por consolidar proyectos alineados con determinadas orientaciones geopolíticas deben examinarse dentro de un sistema internacional atravesado por profundas asimetrías. Sin embargo, sería analíticamente insuficiente atribuir cada derrota o victoria electoral al intervencionismo estadounidense: las correlaciones de fuerza también dependen de las estructuras económicas nacionales, las instituciones, los movimientos sociales y las decisiones de los electores. La influencia externa condiciona los procesos políticos, pero no sustituye su explicación histórica.
El caso brasileño se inscribe, además, en una trayectoria latinoamericana de avances, retrocesos y recomposiciones de las izquierdas. La desigualdad estructural, las demandas de inclusión, los conflictos distributivos y las disputas por el modelo de desarrollo continúan alimentando el debate sobre las alternativas políticas de la región. No obstante, las izquierdas latinoamericanas no constituyen un bloque homogéneo ni sus triunfos garantizan transformaciones duraderas. Su legitimidad también depende de su capacidad para responder a las expectativas sociales, preservar las instituciones democráticas y evitar que la victoria electoral se convierta en una nueva pretensión de poder incuestionable.
La lección histórica, por tanto, no es que la izquierda tenga asegurada una victoria definitiva sobre la derecha, sino que ningún proyecto político puede apropiarse permanentemente de la representación popular. El desenlace que hoy presenciamos, deda, una evidencia difícil de ignorar: la derecha puede conquistar el gobierno, desplegar una intensa movilización ideológica y conservar una base social considerable sin conseguir consolidar una hegemonía duradera.
Ahí reside el significado político del retorno de Lula. Frente a quienes presentan el avance conservador como un destino inevitable, Brasil recordó que la historia no obedece a una sola fuerza ni permanece bajo el control permanente de una élite. La derecha puede conquistar el poder, pero no por ello conquista la historia. Cuando un proyecto político confunde su ascenso con un derecho permanente a gobernar, las urnas pueden recordarle que la sociedad no es una propiedad privada, la democracia no es, ni puede convertirse un instrumento de las élites y la hegemonía, por más que se proclame, siempre está en disputa.

